LA CÓLERA DE RA

En las paredes de las tumbas reales y en el sepulcro de oro de Tutankamon había una inscripción: “El libro de la Vaca Divina”, un libro que contaba la historia de cómo la cólera del dios Sol por poco no destruía la humanidad…

Ra era viejo, sus ojos eran como plata, su piel como oro bruñido y sus cabellos como el lapislázuli. Cuando los egipcios vieron cómo había envejecido y al percatarse de lo delicado de la salud de su rey, empezaron a murmurar contra él y las murmuraciones se volvieron conspiraciones para apoderarse del trono de Ra. Los conspiradores se reunieron en el límite del desierto, donde se creían seguros, pero el dios Sol cuidaba de Egipto y escuchó sus intrigas.

Ra estaba tan triste que deseaba hundirse de nuevo en el abismo acuoso, pero también estaba más ofendido y colérico que nunca. Habló a los seguidores congregados alrededor de su trono:

-Id a buscar a mi hija, el Ojo del Sol; haced venir al poderoso Shu y Tefenet; traed a sus hijos Geb y Nut; haced venir también a los oscuros Ogdoad, a los ocho que estaban conmigo en el abismo acuoso; encontradme también a Nun. Pero que vengan en secreto. Si los traidores saben que he convocado un consejo de los dioses, adivinarán que han sido descubiertos y procurarán, por todos los medios escapar del castigo.

Los seguidores de Ra se apresuraron a obedecerle. Llevaron el mensaje a los dioses y diosas y éstos, uno a uno, entraron en forma discreta en el palacio. Inclinados ante el trono de Ra, quisieron conocer el porqué de tal convocatoria y reunión que era tan sumamente secreta.

Entonces el Rey de los Dioses habló a Nun, señor del abismo acuoso, y a las otras divinidades.

-Tanto los más viejos de los seres vivientes, así como todos los que junto a mí estáis, sabéis perfectamente que de mis lágrimas surgieron los seres humanos. Les di la vida así como el país donde ahora habitan, pero ahora se han cansado de mi autoridad y piensan conspirar contra mí. Decidme, ¿qué tendría que hacerles? –y tras una pausa continuó-. De hecho, no quisiera destruir a los hijos de mis propias lágrimas hasta que no haya escuchado vuestro sabio consejo.

El acuoso Nem habló primero:

-Hijo mío, eres más viejo que tu padre, más grande que el dios que te creó. ¡Qué reines eternamente! Tanto los dioses como los hombres temen el poder del Ojo del Sol. Envíalo contra los rebeldes.

Ra dio una ojeada a Egipto y dijo:

-Los conspiradores ya han huido hacia el interior del desierto. ¿Cómo les puedo perseguir?

Y todos los dioses exclamaron a una:

-¡Envía al Ojo del Sol para matarlos! Toda la humanidad es culpable, deja que el Ojo del Sol baje como Hathor y destruya a los hijos de tus lágrimas. Que no quede ni uno solo con vida.

Hathor, el Ojo del Sol, la más bella y terrible de las diosas, se inclinó ante el trono y Ra asintió con la cabeza. Hathor fue hacia el desierto rugiendo como una leona. Los conspiradores se dispersaron, pero ni uno solo se le escapó. Los agarró y mató y luego se bebió su sangre.

Después, la despiadada Hathor abandonó el desierto y extendió el terror por pueblos y ciudades, matando a todo el que encontraba: hombres, mujeres y niños. Ra sintió los ruegos y los gritos de los moribundos y empezó a sentir lástima de los hijos de sus propias lágrimas, pero no dijo nada.

Al anochecer, Hathor regresó triunfante a la presencia de su padre.

-Bienvenida seas en paz –dijo Ra.

Intentó aplacar la furia de su hija, pero Hathor había probado la sangre humana y la había encontrado dulce. Estaba nerviosa por que llegara la mañana siguiente para poder regresar a Egipto y completar la matanza de la humanidad en venganza por su alta traición.

El dios Sol buscaba la manera de salvar al resto de la humanidad de la furia de su hija sin tener que faltar a su palabra real. Pronto dio con un buen plan. Ra ordenó a sus seguidores que corriesen, más deprisa que las sombras, a la ciudad de Abu y que trajeran todo el ocre que allí pudiesen encontrar. Cuando hubieron regresado con cestas llenas de tierra roja, les volvió a enviar, esta vez a buscar al sumo sacerdote de Ra en Heliópolis y a todas las esclavas que trabajaban en el templo.

Ra ordenó al sumo sacerdote que triturara el ocre para hacer un tinte rojo y puso a las esclavas a hacer cerveza. El sumo sacerdote estuvo golpeando hasta que los brazos le dolieron y las esclavas trabajaron toda la noche para hacer siete mil jarras de cerveza. Antes del alba ya había mezclado la cerveza con la pintura roja, que así parecía sangre fresca. El Rey de los Dioses sonrió:

-Con esta poción para dormir puedo salvar de mi hija a la humanidad –dijo.

Entonces Ra hizo llevar las jarras al lugar donde Hathor había de empezar la matanza y ordenó que volcasen la cerveza por los campos.

Tan pronto como hubo empezado el nuevo día, Hathor bajó a Egipto para oler el rastro de los pocos que aún quedaban vivos y así poderlos matar. La primera cosa que vio fue un gran charco de sangre. La diosa se agachó para chupar un poco de sangre y le gustó tanto que se lo bebió todo.

La cerveza era fuerte y la diosa pronto se puso muy alegre. La cabeza le daba vueltas y ya no recordaba cuál había sido el motivo de su visita a Egipto. Con un ensimismamiento agradable, Hathor regresó al palacio de Ra y cayó a los pies de su padre, donde permaneció dormida un buen número de días.

-Bienvenida bella Hathor –dijo Ra con tono suave-. La humanidad recordará el día que se escaparon de tu furia bebiendo cerveza fuerte durante todas tus fiestas.

Los hombres y mujeres supervivientes ciertamente lo recordaron y por siempre Hathor fue conocida como la Señora de la Embriaguez. Durante las fiestas que a ella se dedicaban, los egipcios se podían emborrachar tanto como quisieran y nadie les reprochaba nada.

Pero Ra todavía estaba enojado y triste por la rebeldía de los hombres. Ya nada podía ser igual a la edad de oro de antes de la traición. Cuando por fin Hathor se despertó, se sintió como nunca antes se había sentido, y Ra le preguntó:

-¿Te duele la cabeza? ¿Te queman las mejillas? ¿Te sientes bien?

Mientras hablaba, la enfermedad entró por primera vez en Egipto.

Ra convocó un segundo consejo y dijo:

-Mi corazón está demasiado triste y cansado para continuar como rey de Egipto. Soy viejo y débil, dejadme hundirme otra vez en el abismo acuoso hasta que me llegue el momento de renacer.

Nun se apresuró a decir:

-Shu, protege a tu padre. Nut, llévale a cuestas.

-¿Cómo puedo llevar al poderoso Rey de los Dioses? –preguntó la bella Nut, y Nun le dijo que se transformara en vaca de ijadas doradas y largos cuernos curvos. Ra montó la Vaca Divina y se fue de Egipto.

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